
Cómo lidiar contra la sensación de estar perdida.
Un lugar al cual huir cuando la vida nos parte en dos y nos arroja ante el destino sin una dirección hacia dónde correr cuando eres prófuga de los errores y el hastío.
Este refugio se encuentra en las letras de Adriana Ventura, una joven poeta mexicana que entiende la poesía como una manera de asomarse y enfrentar el mundo, al narrar los conflictos de aquellos momentos en los que la vida nos sacude y sólo podemos protegernos con muros cimentados por palabras y distancia ante lo que nos amenaza. Los siguientes poemas del libro Boceto de una vida sin casa describen aquellos instantes en los cuales no encontramos estabilidad porque pareciera que el hogar, esos lugares y personas con quienes se enlaza nuestro tiempo, pierden sentido y nos dejan vulnerables ante el dolor y la incertidumbre.
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Si tuviera un centro, una casa, paredes de concreto, de madera, guardaría el calor de mi
aliento. No tengo. Voy hacia la grieta donde un cuervo me dicta estribillos. Siempre se va
hacia una hendidura. El pulso de una boca que reniega con fuerza. No tengo la llave para
abrir los candados de la noche. No podré asentarme nunca. Me quejo y ladro, no muerdo.
Ya no sé cómo esconder esta rabia que me hace salivar en seco.

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La vida despierta sin levantarse y el repiqueteo de su esqueleto vibra en los medidores de
luz. Del ambiente lo que me gusta es describir determinadas maneras de la sombra. A cierta
hora, cada día despierta la vida y está condenada. Pasa el tiempo y en la población ciertas
manías se desarrollan. Ejemplo: cuando los habitantes cuelgan las agujetas de sus tenis en
los cables, exhiben un recurso fácil para dar tensión a las horas. La vida aburrida de sus
vecinos se detiene a escuchar ladridos, mira el fuego naciendo en el bordo, abre sus
persianas y nota que la arrendataria con su forma de bombón viene. La vida quisiera colgar
los tenis, no para dar tensión, colgarlos nada más. Recuerda, mientras junta los billetes de la
renta, que el fuego también es fisura por donde se escapa el ser. Nada sostiene los muros.
Entrega el dinero y sigue durmiendo. Todo se resguarda mejor sin luz.
luz. Del ambiente lo que me gusta es describir determinadas maneras de la sombra. A cierta
hora, cada día despierta la vida y está condenada. Pasa el tiempo y en la población ciertas
manías se desarrollan. Ejemplo: cuando los habitantes cuelgan las agujetas de sus tenis en
los cables, exhiben un recurso fácil para dar tensión a las horas. La vida aburrida de sus
vecinos se detiene a escuchar ladridos, mira el fuego naciendo en el bordo, abre sus
persianas y nota que la arrendataria con su forma de bombón viene. La vida quisiera colgar
los tenis, no para dar tensión, colgarlos nada más. Recuerda, mientras junta los billetes de la
renta, que el fuego también es fisura por donde se escapa el ser. Nada sostiene los muros.
Entrega el dinero y sigue durmiendo. Todo se resguarda mejor sin luz.

↘
Prófuga. Nací en un abismo, sus ojos descansan en mi herida. Errar. Irse. Partida. Soy dos.
Una la que se queda. Yo aquí, sin llaves frente a una casa sin vigas. Palma hueca donde no
se puede hacer del amor un grito. Estoy caída. Quise andar, pero el camino era agresivo. La
tempestad azota mi cuerpo, no le guardo furia. Todo cabe en el estanque de mi pecho, el
resentimiento no. Miro con los ojos del abismo. Así es como todos mis septiembres crecen
hasta octubre y luego el otoño viene a tumbarme las hojas. Quedarme ha sido el consuelo.
Las rocas en las que rasgué mis vestidos no me otorgan su perdón, no me dejan ir.

↘
Desánimo. Más frío. Más hambre.
Por fin los roedores y parásitos ajustan el hueco,
les basta una cáscara, semillas, migajas.
No tengo casa,
lo admito,
me perforan los dedos del viento,
hacen anillos en mi carne
y tiemblo.
Hambre. Frío. Mas ánimo.
Quizá desde antes ya estaba rota.

Prófuga. Nací en un abismo, sus ojos descansan en mi herida. Errar. Irse. Partida. Soy dos.
Una la que se queda. Yo aquí, sin llaves frente a una casa sin vigas. Palma hueca donde no
se puede hacer del amor un grito. Estoy caída. Quise andar, pero el camino era agresivo. La
tempestad azota mi cuerpo, no le guardo furia. Todo cabe en el estanque de mi pecho, el
resentimiento no. Miro con los ojos del abismo. Así es como todos mis septiembres crecen
hasta octubre y luego el otoño viene a tumbarme las hojas. Quedarme ha sido el consuelo.
Las rocas en las que rasgué mis vestidos no me otorgan su perdón, no me dejan ir.


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Desánimo. Más frío. Más hambre.
Por fin los roedores y parásitos ajustan el hueco,
les basta una cáscara, semillas, migajas.
No tengo casa,
lo admito,
me perforan los dedos del viento,
hacen anillos en mi carne
y tiemblo.
Hambre. Frío. Mas ánimo.
Quizá desde antes ya estaba rota.

Los collages que acompañan estos poemas son obras de Giovanna Tommasi, quien crea un mundo de recortes habitado por la nostalgia, donde experimenta el collage como posibilidad infinita para contar breves historias.
Puedes conocer más de su trabajo en https://www.instagram.com/giovannatommasi.collage/
https://www.facebook.com/giovannatommasicollage/?ref=br_rs
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